Novela política-profético-onírica
ambientada en la próxima guerra
que se desarrollará en la Argentina
luego de ser invadida
por las tropas de las Naciones Unidas.
Escrita por José Luis Núñez.

13: Operaciones de limpieza

El radiograma en el cual Beresford ordenaba a sus lugartenientes chino e israelí ejecutar las operaciones policiales “de limpieza” necesarias para apaciguar el territorio sujeto a administración de la O.N.U. se cruzó con el que le informaba el ataque sufrido por los judíos en la precordillera, y la casi segura captura del jefe del contingente.
Los israelíes que llegaron a la zona del combate habían hallado los cuerpos de los caídos de ambos bandos, entre ellos el del jefe guerrillero, circunstancia ésta que permaneció desconocida para los soldados de la “task force”.
De su máxima jerarquía local – el coronel Itzjak Rosenson- no había rastros.
La noticia conmocionó a la fuerza expedicionaria. Un proyectil de mortero del ochenta y uno que hubiera acertado en caer en el Estado Mayor aliado no hubiera provocado conmoción similar.
De hecho la onda expansiva llegó de inmediato hasta Tel Aviv y Nueva York.
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El camino que une la ciudad costera de Caleta Olivia con la petrolera Pico Truncado era recorrido asiduamente por tropas chinas e inglesas, estas últimas asentadas un poco más al norte, en Comodoro Rivadavia.
También era la zona de operaciones de un grupo de irregulares argentinos compuesto por un curioso abanico humano. Estaba encabezado por Dina Bonfanti, Directora de la Escuela Secundaria Mixta recientemente construida en las afueras de Caleta, mujer treintañera, enérgica y de armas llevar, habituada a cazar de a caballo, al puma cordillerano y al jabalí que todavía se cría salvaje en los veriles del río Negro.
Algunos malintencionados que nunca faltan atribuían su soltería precisamente a esas condiciones de su personalidad.
Pero ella volcaba su capacidad de amor hacia sus alumnos quienes, respetándola seriamente, manifestaban a quien los quisiera oir, que era una “dire super piola”. Había arrastrado a varios profesores de su escuela y una docena de alumnos del último año.
El grupo estaba integrado también por dos jóvenes médicos del hospital local que se habían ganado el corazón del pobrerío caletense por su calidad humana y profesional, atendiendo a todo aquél que requiriera sus servicios, más allá de las horas de guardia y de los turnos. Los dos reconocían el don de mando de “la profe”.
En el otro “batallón” como presuntuosamente se autodenominaba un grupo que no pasaba de ser una patrulla reforzada, confluían varios técnicos y obreros petroleros de una empresa local, quienes habían sido adiestrados sumariamente en las artes militares por Jorge Paonessa, joven gendarme retirado de su fuerza años atrás por haber perseguido con demasiado ahínco a una banda que contrabandeaba oro por el estrecho de Magallanes.
Aparentemente el entonces gobernador santacruceño tenía otros intereses y opiniones.
Pacientemente habían observado los desplazamientos de los chinos y de los ingleses. Conocían sus horarios, hábitos y vehículos.
Hasta ese momento, sus actividades se habían limitado a plantar algunas minas que estallando al paso de un vehículo militar, ocasionaba bajas poco verificables.
Envalentonados, planificaron una operación que tenía un ambicioso objetivo: aniquilar o rendir la mayor cantidad de soldados enemigos y luego trasladar los prisioneros a unos antiguos piletones que décadas atrás habían sido utilizados para almacenar petróleo en medio de la barda desolada los que, adecuadamente enmascarados, eran una cárcel difícilmente detectable desde el aire.
La operación debería aprovechar la penumbra vespertina, que en esa época del año sucedía poco antes de las veintiuna horas.
Para retrasar el paso de los británicos que regresaban a su acantonamiento luego de patrullar el desierto, decidieron volar un puente carretero que franqueaba el paso vehicular sobre un profundo cañadón, al oeste del punto elegido para el ataque, ya que el desvío obligado para vadear el accidente los llevaría a una huella que solo transitaban algunos petroleros, sobre la que prepararon el asalto.
Contrariamente a la táctica utilizada por las fuerzas que operaban en la cordillera, no recurrieron a los misiles tierra-tierra, sino solamente contra la camioneta que precedía la columna, pues ese vehículo portaba una ametralladora pesada calibre 12.7 mm. y el sistema de comunicaciones que debían neutralizar de un primer momento.
Una vez destruido dicho vehículo, intimaron la rendición del resto de la patrulla, apurando la decisión con dos impactos de mortero que cayeron a pocos metros de cada uno de los dos camiones enemigos.
La repentina aparición de un helicóptero artillado que había sido enviado desde Comodoro Rivadavia en apoyo de la tropa británica cuando esta informó de la necesidad de apartarse del camino prefijado por la voladura del puente, puso al operativo a un tris del desastre, ya que su presencia dio momentáneos ánimos a la tropa que por lo visto no estaba demasiado ansiosa por dejar sus huesos tan al sur.
La tripulación del aparato alcanzó a informar a su base que se encontraba en presencia de una emboscada, antes que la aeronave fuera alcanzada de lleno por un proyectil hábilmente disparado por Juan Carlos, quien como obstetra, había ayudado a parir a las mujeres de varios de sus compañeros de aventura.
En esa ocasión hizo “parir” a los invasores.
Privados de sus mandos, las dos docenas de británicos se rindieron de inmediato, y en calidad de prisioneros de guerra, fueron trasladados -a la carrera- hasta los piletones que estaban a pocos kilómetros del lugar, donde quedaron asegurados por unos pocos argentinos que allí los esperaban.
El resto de la tropa nacional, luego de enterrar nuevamente la mayor parte de su equipo, se retiró hacia Caleta, desperdigándose a medida que se adentraban en la ciudad.
Mientras tanto había llegado al lugar del combate otro helicóptero de la O.N.U. que transportó varios oficiales de inteligencia que se abocaron a rastrear e identificar al grupo atacante.
Precisamente el rodado de uno de los vehículos utilizados por los combatientes argentinos, que fue rápidamente individualizado por el banco de datos del que disponían, los llevó a buscar en las dos ciudades aledañas las camionetas que usaran esos neumáticos.
La premura con que actuó la inteligencia inglesa impidió a los argentinos concluir la operación de enmascaramiento prevista, la que se reducía a cambiar las cuatro ruedas utilizadas durante el hecho, por otras diferentes.
La nula logística vehicular de la tropa local obligaba a recurrir a esas tretas.
Cuando un fuerte contingente chino se presentó en la Escuela Media, aún se estaba dictando la última hora del curso nocturno, al que también concurrían los obreros de las petroleras circundantes y los empleados de la ciudad.
En la vivienda de la Directora, anexa al edificio escolar, estaban Dina, los dos médicos y Jorge el gendarme.
Cuando el alumnado advirtió el operativo, se abalanzó por los pasillos y se opuso al paso de los militares enemigos, enfrentándolos a mano limpia o improvisando armas de golpe con los caños que quitaron a bancos y pupitres escolares.
De inmediato se produjo una refriega generalizada en la que menudearon golpes de estaca y culatazos, la que se detuvo un momento cuando una ráfaga de ametralladora paralizó a tirios y troyanos.
En la escalinata de ingreso, en medio de un charco de sangre, se revolcaban Manuel, el portero y casero de la escuela y su hijo Roque, que cursaba el primer año del ciclo medio.
Tras un instante de estupor, un solo grito de furia se avalanzó como un animal de mil cabezas, contra los soldados invasores, quienes respondieron con sus armas automáticas mientras los argentinos se parapetaron en el interior del edificio.
Los cuatro guerrilleros argentinos más un par de estudiantes que alcanzaron a desarmar a sendos soldados chinos, respondieron el fuego hasta donde le alcanzó la munición.
El mayor que comandaba la tropa de la O.N.U. requirió instrucciones a su superior, el que había recibido esa mañana el radiograma de Beresford que ordenaba la “limpieza” del sector.
El coronel Tsing, imbuido del espíritu sanguinario que un siglo atrás había animado a los batallones chinos rojos que bajo las órdenes del Comisario Político León Bronstein sembraron el terror entre los campesinos de Ucrania, dispuso intimar la rendición de todos aquellos que estaban en la escuela y fusilar de inmediato a aquellos que portaran armas. “Y si no se entregan, mejor”, pensó.
La intimación perentoria lo fue por dos minutos.
Antes que Dina y los suyos pudieran adelantarse para entregar sus armas, los infantes de la O.N.U. abrieron fuego sobre alumnos, guerrilleros y profesores, completando su tarea con granadas incendiarias.
El exterminio fue total, absoluto, implacable.*

12: Un galpón de Lomas de Zamora

Instalado en una cabaña de los alrededores de Trevelín, Salvador Nielsen (h.) continuaba reponiéndose de sus fracturas.
Había vuelto a trabajar en su nota y con el resultado de las extensas conversaciones mantenidas durante su forzado descanso, enriqueció el material que celosamente guardaba en su computadora, la que felizmente había resultado intacta cuando la explosión de una mina terrestre casi lo manda al otro mundo.
La captura por parte de la resistencia del comandante del contingente israelí, coronel Rosenson, era una rotunda y muy sabrosa frutilla que coronaría el trabajo periodístico que le había encomendado el multimedio francés.
Releyó su obra y preparó las copias de seguridad. Gabriel y Martina habían recibido una cada uno para que la entregaran a un colaborador en Buenos Aires.
Dos días después las primeras planas de los principales diarios del mundo dedicaban generoso espacio con importante tipografía a la noticia de la captura del coronel israelí, cuya fotografía había sido proporcionada por la “oficina de prensa” de la Resistencia Americana, denominación que comenzaba a ser utilizada por la prensa mundial para referirse a los irregulares que accionaban en el sur del territorio argentino.
La imagen estaba presidida por dos amplios pabellones desplegados de fondo; la bandera argentina azul y blanca con el sol incaico en el centro de su campo medio y una nueva, desconocida hasta el momento, que sobre un fondo azul turquí destacaba un amplio círculo blanco en el que destellaba una Cruz del Sur colorada.
Rosenson aparecía con semblante abatido, portando los vendajes que cubrían sus heridas del hombro y pierna derechos.
En su pecho colgaba un prolijo cartelito que en castellano e inglés decía “Itzjak Rosenson, coronel. Criminal de Guerra”.
Un comunicado de la “oficina de prensa” anunciaba que el prisionero a quien se le imputaban gravísimos cargos, sería sometido a juicio sumario por las fuerzas que lo habían capturado.
Además agregaba fotografías tomadas en el lugar del combate mostrando los cuerpos de los caídos, algunos de los cuales estaban calcinados, lo que sumaba dramatismo a la noticia.
El recientemente elegido Secretario General de la O.N.U., el indio Brahmma Putra consideró desproporcionada la cobertura periodística mundial a lo que consideró un incidente menor dentro de un teatro de operaciones amplio y complejo.
Educado en la Escuela de Relaciones Internacionales de Oxford y conspicuo miembro del Council of Foreign Relations había adquirido esa actitud –la flema- que tanto ponderan los británicos en los perdedores de las partidas de póker.
No pensaba de la misma manera el “lobby” judío que – contrariamente a lo que había dispuesto el gobierno israelí- consideraba un grave desacierto el envío de un cuerpo expedicionario de esa nacionalidad al pedido de la O.N.U.
La influencia de éste grupo se hizo sentir en los medios de prensa, que comenzaron a insinuar que la decisión del organismo internacional había sido precipitada e inconsulta.
Lógicamente estos pareceres eran atribuidos por los medios de prensa a “portavoces de influyentes sectores” o a “importantes especialistas” que nunca identificaban, pero que contribuían a sembrar dudas en la opinión pública mundial.
Por otra parte, en las ciudades suramericanas más importantes habían aparecido más o menos espontáneos “Comités de solidaridad continental”, esta vez enfilados a proporcionar ayuda a los argentinos agredidos y se habían desarrollado tumultuosas manifestaciones de apoyo que generalmente terminaban con una pedrea a las embajadas inglesas, israelíes y chinas y la consiguiente represión de las policías locales.
También resultaba atacada la sede diplomática norteamericana pese a que tal país se había mantenido formalmente al margen del conflicto militar, aunque su representante había votado afirmativamente cuando se debatió la intervención militar de la O.N.U.
A medida que a través de la “Oficina de Prensa” de la Resistencia Americana se conocía el arrojo y valentía de los combatientes argentinos – a los que se habían sumado varios grupos de otros países hispanoamericanos- mayores demostraciones de simpatía popular para con la causa continental se exteriorizaban en todo el continente, pese a la anodina actitud de la mayor parte de los gobiernos de la región.
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Ya en Salta, Gabriel Núñez retomó sus actividades de relevamiento faunístico, internándose en los cerros al norte de Cafayate, con su mochila, cámara y computadora.
Sin embargo pocas horas después, a bordo de un camión que transportaba pimientos morrones de producción local hacia Buenos Aires, cuyo conductor había sido previamente alertado, viajaba como acompañante para reincorporarse a la resistencia.
El día siguiente, sábado, abandonó el vehículo cuando este atravesaba Garín, tratando de llegar al centro de las operaciones por medio de transportes colectivos suburbanos.
Estaba “quemado” por la exposición pública a la que fue expuesto a raíz del grave incidente que protagonizó en la precordillera, obligándolo a redoblar las medidas de seguridad en todo cuanto hiciera.
Una cosa era que hubiera podido justificar las heridas frente a una autoridad policial apocada, y otra muy distinta era que pudiera engañar a quienes habían tratado de eliminarlo físicamente.
Por ello no se dirigió a ninguno de los puntos de contacto que usualmente se abrían cuando alguien conocía la contraseña correspondiente. Decidió que iría al domicilio de Raúl quien vivía en la zona norte del gran buenos aires.
Mientras tanto se alojó en una pensión barata del barrio de Mataderos donde años atrás hacían noche los transportistas de ganado que llevaban reses hasta el ya desaparecido Mercado de Liniers cuando alguna circunstancia del camino les impedía el inmediato retorno a su pueblo de origen.
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La idea le había surgido meses atrás, cuando la invasión multinacional a la Patagonia sorprendió a la mayoría de los argentinos.
Desde entonces le dada vueltas y más vueltas en la cabeza y si bien había decidido que hacer, no encontraba la forma de materializar su decisión.
Si bien sabía que su padre, fallecido hacía más de una década atrás, había desarrollado una muy intensa actividad política que lo había llevado, en su juventud, a sufrir largos años de prisión, él mismo nunca se había sentido inclinado a imitarlo.
Estanislao Araujo siempre se había dedicado por entero a su familia y a su profesión.
Cuando siendo soltero llegaba al domicilio paterno y encontraba una de las tantas reuniones políticas que allí se realizaban, simplemente la esquivaba.
Ahora intentaba ubicar a alguno de los viejos amigos de su padre que –suponía- podrían ayudarlo a concretar su decisión.
La indignación que le colmó el ánimo cuando el país fue invadido, lo había sacado de su indiferencia hacia todo aquello que excediera su vida personal y familiar.
Era el único conocedor de la existencia de algunos elementos que –creía- podían ser utilizados por los que resistían al invasor.
La única persona a la que había confiado sus intenciones era a Mercedes, su esposa quien contrariamente a lo que esperaba, lo había apoyado cariñosa y fervorosamente.
Esa noche mientras tomaban un café en la confitería de Boyacá y Rivadavia en la que habitualmente terminaban su despreocupada “vuelta del perro”, al distinguir un rostro con el que lo había familiarizado la imagen reiteradamente repetida por los noticieros de la televisión y por los diarios, los latidos de su corazón se aceleraron bruscamente.
Sin ningún tipo de disimulo se esforzó por confirmar dentro de su memoria, si el rostro que recordaba era el que tenía frente a él, mesa por medio.
La fijeza de su mirada y los cuchicheos con su esposa, llamaron la atención del sujeto observado.
Fue esta situación la que llevó a Gabriel – cuando su hipersensibilizado sistema de autoprotección generó una “alerta roja” al advertirse identificado por extraños- a abandonar el lugar y comenzar a caminar hacía Caballito.
Tan ofuscado estaba mientras caminaba que no advirtió cuando, pocas calles más adelante, la pareja que generó su alarma lo sobrepasó en un pequeño vehículo particular que se detuvo junto al cordón de la vereda por la que él mismo caminaba antes del siguiente cruce de calles.
Cuando escuchó que desde un automóvil lo llamaban por su nombre quedó paralizado por un instante.
Si lo estaban esperando para completar la tarea de eliminación física que el azar impidió anteriormente, estaba perdido. Si así no era no podía ignorar el llamado, ya que si lo nombraban era porque lo conocían.
Decidió acercarse al rodado que estaba detenido a pocos metros de donde se encontraba, tanteando el arma que llevaba en el bolso que colgaba en bandolera de su hombro.
El desconocido que lo llamó descendió del auto y tendiéndole su mano derecha le dijo – Gabriel, sé quien sos, conocí a tu padre. Te reconocí por las fotografías tuyas publicadas en los diarios y en la televisión cuando te balearon en el sur. Estás entre gente amiga-.
Sin abandonar la precaución, Gabriel prestó atención al hombre que le hablaba y dijo llamarse Estanislao mientras le presentaba a su mujer, Mercedes. Inmediatamente le dio todo tipo de datos corroborables por su memoria familiar tratando de ganarse su confianza.
Mientras escuchaba Gabriel pensó – Perdido por perdido, veré donde termina esto- y le siguió la conversación, pero sin aventurar ni una coma sobre su principal actividad.
Por el contrario quienes se expresaban abiertamente y sin atisbo de precaución, eran sus ocasionales contertulios por lo que no le costó ningún esfuerzo deducir que ambos daban por sentado que él, Gabriel Núñez, formaba parte de la resistencia.
Sin dejar de caminar bordeando Rivadavia, Estanislao le confió – Nuestros viejos eran muy amigos. Recuerdo cuando el tuyo visitaba mi casa paterna, principalmente cuando mi papá, Wenceslao, enfermó. El tuyo lo acompañó hasta el último día, cuando mi viejo murió hace más de diez años.-
Después de una hora larga de conversación que les permitió superar el hielo inicial, Mercedes le confió – Tenemos algo que estamos seguros te va a interesar mucho, pero eso tenés que verlo vos personalmente, y ahora no es posible. Pero si nos encontramos mañana, podrás sacar tus propias conclusiones.-
-Porque no se si estás enterado que una de las cosas más importantes que hizo mi suegro en 1982, durante la guerra contra Inglaterra, fue organizar la ayuda que desinteresadamente prestó el que ya entonces era conductor de la Revolución Libia, el coronel Khadaffy, con quien mantenía amistad y relaciones comerciales-
Se despidieron habiendo acordado encontrarse el la plaza Pueyrredón al día siguiente. Gabriel pensaba – Total, estoy quemado y jugado. Lo peor que pase, no va ir más allá de mi y en una de esas, de tanto misterio sale algo por lo que valga la pena correr el riesgo.-
No obstante, al volver a su pensión luego de dar innumerables vueltas para comprobar que no era seguido, escribió una esquela resumiendo el encuentro y anticipando la cita del día siguiente.
Cuando el domingo se encaminó para Flores, con unas monedas pagó el franqueo en una de las máquinas automáticas que estaban instaladas cerca de las estaciones de tren, y depositó en el buzón la carta dirigida a Raúl.
Al llegar puntualmente al punto acordado verificó con satisfacción que ambos llegaban al mismo tiempo. Abordando el auto conducido por Estanislao y acompañado por su mujer, se encaminaron por Rivadavia hacía el bajo.
El conductor se mostraba tan locuaz como en la víspera. Apenas comenzado el viaje le anticipó – Vamos hasta un galpón en Lomas de Zamora, que es de mi familia desde hace muchísimos años, en el cual solían estacionar mercadería que llegaba del exterior, para después distribuirla en las provincias. Pero no se usa desde hace bastante tiempo, porque quedó a trasmano de las autopistas, y no es conveniente seguir usándolo para almacenaje-
-Pero yendo al tema. Cuando la guerra de 1982 cerró todas las puertas comerciales en las que La Argentina adquiría armas y repuestos, únicamente continuaron abasteciéndonos Israel, que proveía partes de los aviones cazabombarderos Dagger que había vendido a nuestro país y por otra parte Libia, que lo hizo gratuitamente, enviando varios aviones de Aerolíneas que fueron acondicionados como cargueros, repletos de misiles de infantería, aire-aire y lo que vas a ver ahora-
-La carga de los primeros vuelos fue remitida de inmediato a las islas. Pero el último llegó al país prácticamente cuando todo estaba prácticamente concluido, así que su carga quedó en el continente-
-El desorden que ocurrió cuando después de la rendición en las islas las fuerzas armadas expulsaron a Galtieri de la presidencia, permitió que mi viejo evitara la entrega de esa bodega y con la ayuda de algunos amigos, oficiales de la fuerza aérea, se generó en los papeles, un vuelo hasta Malvinas que nunca existió, y la carga de ese último Boeing se contabilizó como caída en poder de Gran Bretaña y luego perdida en un gran incendio que ocurrió en Puerto Argentino dos o tres días después del fin de la guerra. -
-Y desde entonces su contenido está bajo custodia de mi familia, en el galpón al que estamos llegando-.
Mientras hablaba Estanislao llegaron por la avenida De la Federación (antes Rivadavia) hasta la Gral. Paz y después de cruzar el Riachuelo por el viejo puente La Noria buscaron la arteria que los llevó hasta las Lomas de Zamora donde se detuvieron ante un importante galpón que distaba a un par de cuadras de la avenida principal, en una zona predominantemente industrial.
A esta altura, la ansiedad se había apoderado de Gabriel, quien mantenía, no obstante, una actitud parca, ya que toda prudencia había sido abandonada.
Al llegar, fueron recibidos por el cuidador del depósito y de su contenido, el ingeniero Luis Sívori, quien había velado largos años por el buen estado del material que le había sido confiado.
En el interior del depósito advirtió que reinaba el orden y la limpieza, destacándose las moles de dos contenedores de los usualmente utilizados para el transporte de ultramar.
Acercándose a los mismos, Estanislao quitó los candados que impedían la apertura de las puertas de uno de los grandes receptáculos, y su contenido quedó a la vista. Un impresionante sistema de armas dormía desde décadas atrás en un solitario galpón del sur del conurbano bonaerense.
La inconfundible visión de un lanzador del misil Exocet MM38 similar al utilizado en las postrimerías de la guerra de 1982 para atacar desde tierra a los buques ingleses causándole grandes daños y numerosas bajas, dejó a Gabriel sin aliento.
Sin que pudiera recuperarse de la sorpresa, se enteró que el contenedor gemelo tenía idéntica carga.
-Esta es mi contribución para la Resistencia- dijo Estanislao.
El corazón de Gabriel palpitaba de modo que temió que su pecho estallara a cada momento.*

11: La teniente Judith

Esta misión tenía sus bemoles para la hermosa primer teniente Judith Ossietinsky.
Por un lado, debía desempeñarse como ayudante de campo del comandante del contingente israelí en operaciones en La Argentina bajo la bandera de Naciones Unidas, coronel Itzjak Rosenson, lo cual había multiplicado exponencialmente sus responsabilidades.
Se sabía examinada permanentemente no solo por sus superiores, sino por los responsables políticos de la misión, que supervisaban todo desde Washington, y por las jefaturas militares de los otros contingentes, siempre atentos para utilizar cualquier fallo o error de sus “camaradas de armas” para el beneficio de su propia bandera, aunque esta se limitara a una divisa en la manga derecha de su uniforme de combate.
Esos pequeños egoísmos cuarteleros formaban parte de la impedimenta de todos los ejércitos del mundo.
Por otra parte, desde que se le comunicó la misión que debía integrar, el desasosiego la acompañaba permanentemente. Era su primera misión de combate fuera de los escenarios de guerra a los que ya estaba habituada, cercanos a las fronteras israelíes. El destino la llevaba al país del cual procedía, en lo inmediato, su familia.
Los Ossietinsky habían llegado a La Argentina procedentes de Polonia, huyendo de los progomos de los campesinos eslavos.
Apenas llegado, su abuelo fue “cuentenik” dedicándose –valija en mano- a la venta a domicilio de todo tipo de chucherías, y ropa por encargo. Años después instaló en el Cruce Cautelar, un poblado arrabal del partido de Moreno – su barrio- una modesta mercería que llamó “La Sarita” que atendía diligentemente su mujer, Sara, mientras él en persona se encargaba de las compras mayoristas en la capital, y de las cobranzas a los clientes.
Era un buen judío don Jacobo, decían los vecinos. Nunca negaba un fiado y en alguna ocasión, había pagado los remedios que necesitaba el pequeño hijo de una clienta y que el hospital municipal no le entregaba. Se había hecho querer.
Su padre Rubén, se había educado en la escuela pública del vecindario y era uno más de los muchachos que iban a bailar a San Miguel los sábados, para disgusto de su padre, que sin ostentaciones conservaba su fé mosaica como el don más preciado.
Su familia era un típico exponente de la armoniosa asimilación que se daba en La Argentina para con los más distintos grupos étnicos, culturales y religiosos.
Para bien y para mal, los Ossietinsky se comprometieron con el destino de su país de adopción. Incluso uno de sus tíos había muerto combatiendo en la guerrilla, en 1977.
Como parte de ese mismo pueblo sufrió los avatares de la política y la economía local porque las virtudes familiares- el ahorro y la buena administración- no podían impedir las consecuencias de las desastrosas políticas públicas. Pese a todo, su familia prosperó y era propietaria – luego de mucho esfuerzo- de una importante tienda.
Por eso Judith lloró junto con su madre, cuando las turbas incendiaron y saquearon el establecimiento junto con todos los comercios de la zona, cuando -a fines del año 2001- se produjeron en todo Moreno los tumultos que fueron el principio del fin del gobierno radical.
Así fue que sus padres se vieron obligados, como tantos otros argentinos, a buscar afuera del país un destino más previsible.
El de su familia fue Israel, tierra prometida que les ofreció trasladarlos, otorgarles vivienda, trabajo para sus padres y una escuela para ella, entonces de ocho años.
El día anterior a partir se había despedido triste, de las tumbas de sus abuelos en La Tablada y emocionada de sus amigos y compañeros, entre ellos de Américo, el correntinito que se le había “pegado” desde el primer día del pre-escolar y que fue su permanente compañero de juegos y paseos. Había sido el primer varón que elogiara sus ojos verdes y las pecas que tanto la afligían.
Todavía hablaba con fluidez el castellano “argentino” tanto como el hebreo y leía –desordenada y apasionadamente- los libros que le llevaban los viajeros que, entre sus amistades israelíes, frecuentemente venían a La Argentina.
Precisamente en su morral porta mapas tenía a medio leer, dos clásicos: el libro de Lieberman sobre la historia de la inmigración judía a este país y “Adan Buenosayres”.
Los recuerdos y sentimientos adquiridos durante su experiencia militar, ligada a la conquista o a la defensa de un territorio concreto, se mezclaban en su mente y su corazón con el llamado del “espíritu de la tierra” al que ambos autores hacían reiteradas referencias en sus obras, como inspirador de hábitos y culturas a quien la habite y ame.
No llegaba a enteder el concepto del dichoso “espíritu”. ¿Era el de la vieja Polonia donde los Ossietinsky vivieran durante siglos o el de la tierra que recibió a sus abuelos y de la cual ahora formaban parte física? ¿Sería por lo cual ella y sus camaradas peleaban desde décadas atrás o el que hacía que los palestinos resistieran aferrados a su miseria?
Cuando concluyó su educación media y antes de integrarse a la milicia, había viajado con ánimo turístico, a visitar a los familiares que todavía residían en La Argentina y había aprovechado para conocer la cordillera sur, paraíso del cual se hablaban maravillas en todas partes.
Los días que duró su “tour” constituyeron uno de sus mejores recuerdos, tanto por la amabilidad de sus ocasionales compañeros de viaje, como por los hermosísimos paisajes que admiró y llevó en sus retinas cuando regresó a Israel.
Sentía alivio de no tener mando de tropa. Sus actividades en el Estado Mayor judío o los enlaces con sus similares inglés y chino le permitían ver todo como un gran ejercicio, muy realista, pero del cual no cabe esperar bajas, dolor ni muerte.
El coronel Rosenson, luego de recibir duros mensajes desde Tel Aviv, decidió reconocer personalmente el sitio en el que habían sido emboscados sus soldados días antes, kilómetros más allá de la villa Futalafkén y Judith lo acompañaba junto a otros oficiales.
Vestía esta vez su casaca de combate y además de la pistola de reglamento, llevaba su fusil ametrallador.
El aire diáfano de la mañana y la belleza del entorno conspiraban contra la concentración a la que obligaba el hecho de desplazarse en territorio hostil.
Quizá por eso demoró una fracción de segundo más en advertir, cuando el vehículo que precedía al propio fue literalmente volatilizado por el impacto de un misil, que no se trataba de un ejercicio, sino de una situación real.
Años de entrenamiento le permitieron –sin pensar ni hesitar- abandonar el vehículo y buscar cubierta en un alerce contra el fuego de fusilería que inmediatamente se desató alrededor de los otros móviles que componían el convoy.
Alcanzó a ver a los combatientes enemigos que apareciendo del bosque contiguo, dispararon contra su jefe hiriéndolo.
Ella misma se encontraba en la línea de fuego del atacante y respondió con una corta ráfaga contra ese rostro de ojos achinados que le recordó – o creyó que le recordaba- a un palestino que la había atacado en Cisjordania y acabó muerto por su gente.
El quejido del herido se mezcló con su propio grito, cuando sintió que algo le quemaba pecho y vientre. En anteriores combates nocturnos había contemplado los surcos que las balas trazadoras dejan en la oscuridad. Ahora sentía su calor en el cuerpo.
Mientras su conciencia comenzaba a abandonarla lentamente, advirtió que el combatiente que ella hiriera debió haber sido el jefe del grupo, pues los guerrilleros que intentaban auxiliarlo lo llamaban “capitán”.
El capitán agonizaba, y una mancha se extendía bajo su cuerpo, formando sobre la tierra una sola, grande y única mácula roja con la sangre de su matadora y víctima.
La baja temperatura hacía brotar de esa tierra empapada un tenue vapor.
Al ver los hilos de humo que se elevaban del suelo en el que apoyaba su rostro se dijo a si misma “este es el espíritu de la tierra”.
Mientras cerraba los ojos, un último destello de su cerebro le recordó en la cara del capitán que moría a su lado, la de su compañero de juegos infantiles, el correntinito Américo Santillán.
En pocos minutos el combate había concluido. Los suramericanos se retiraban con sus heridos y con los prisioneros israelíes que habían tomado.
Acallado el último eco de los disparos y los gritos de ataque y dolor, volvía a imponerse el silencio apenas roto por el susurro del viento entre los árboles.*